Lo que queremos ser

Hace poco realicé un trabajo en el que tuve que hacer un seguimiento en Instagram de varias influencers del mundo del maquillaje. Yo sabía que tenían una legión de seguidoras, que lo que decían iba a misa, etc., pero de verdad no me podía imaginar que el movimiento fan de este tipo de cuentas llegara a tal punto. Llegué a ver la imagen de una mujer joven que se fotografiaba con su look del día, como suelen hacer, y al que titulaba “look mamá”.  Y aparecía ella, recién parida, con el tubo del oxígeno aún en la nariz y su bebé al lado… y sí, perfectamente maquillada y explicando la marca de la base, el tono de la sombra… Me impactó, la verdad. Entiendo que en ese momento alguien hable de todos los sentimientos que está viviendo, del amor a su hijo, del miedo, de la inseguridad, de las ganas de reír, de las ganas de llorar, del “esto no es lo que yo me esperaba”, o del dolor de todo, de lo duro que ha sido, o de lo fácil… pero de verdad, del look del día… pues me chocó.

No es sólo eso. Veías a una chica explicando con qué se había maquillado hoy y 6.000 comentarios tipo “eres la más guapa”, “cómo me gustaría ser como tú”, “necesito esa sombra de ojos o voy a morirme” o “daría un brazo por tener tu nariz”. Y a varias que tuvieron un incidente con una marca que les prometió unas muestras y que finalmente se quedaron sin ellas, recibiendo mensajes de aliento, estamos contigo, ánimo guapa, no merecen la pena, ellos se lo pierden, tú vales más que eso…

Y cuidado, que yo entiendo que a quien le guste el maquillaje siga a determinadas personas de las que aprender una técnica, que les guste ver una cara bien pintada, o tomar ideas de un look para aprender a combinar su ropa, a dar un estilo a su forma de vestir o a comprarse prendas que le valgan para diferentes situaciones. Lo que no me entra en la cabeza es el fervor, el endiosamiento, el dedicar gran parte de tu tiempo a ello, el sentimiento de “nunca seré como tú”.

Y te planteas, ¿qué está fallando? ¿Qué hacen todas estas personas, que son miles, millones en algunos casos, unidas ante un problema así de profundo o perdiendo 17 minutos de su vida en ver el vídeo en el que una youtuber enseña los rincones de la casa que acaba de estrenar con su novio? ¿Somos tontos? ¿Nos educan mal? Tendemos a echar la culpa al medio. Hace ya tiempo que es culpa de la televisión, que nos pone telebasura. Pero no sé vosotros… yo nunca he recibido una llamada amenazante que me presiona para que sintonice un canal en el que el primo de la exnovia del que salió con la hija de una cantante cuenta cómo le engañó aquella chica que dijo haberse quedado embarazada del que por entonces era pareja de una concursante de un reality. Los señores que deciden hacer este tipo de programación no tienen ningún interés en que nos gusten estos contenidos. Ellos quieren ganar dinero, y eso se consigue con una gran audiencia. Así que si vemos este tipo de cosas, nos pondrán este tipo de cosas. Porque ya han probado a darnos documentales sobre la reproducción de las células y no les ha salido igual de bien, seamos justos.

Ahora son las redes sociales las culpables. Que si el ejemplo que se da en ellas no es bueno, que si es un mundo irreal que hace sentir inseguro al adolescente que no está a la altura de sus influyentes ídolos. Bueno, volvemos a lo mismo. Las chicas que prácticamente viven de publicar fotos de sus morritos y de lo que las marcas les pagan por decir que las usan, estarían dedicándose a otra cosa si  esto no fuera lo que quieren ver los jóvenes que las siguen. ¿Es frívolo? Ya, pero ¿es culpa de Instagram, o de la chica que ha sabido encontrar su mercado en la red o de la marca que le da un suculento cheque por ir a su evento o mostrar su producto? Yo creo que no. Lo que sí es, es fácil. Fácil echar la culpa a Instagram cuando el problema está en casa y es responsabilidad nuestra.

Todo esto viene por la noticia que he leído sobre una joven con más de medio millón de seguidores en Instagram que repentinamente ha sentido la frivolidad de lo que hacía y ha confesado entre lágrimas la mentira que era su vida en las redes. Ha editado los textos de sus imágenes, poniendo por ejemplo en una de ellas que con 15 años debía hacer exceso de ejercicio y restringir las calorías que consumía. Pero mirad la imagen y pensad en la reacción de todas esas chicas que querían y siguen queriendo ser como ella.

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¿De verdad ahora abrirán los ojos y dirán “es verdad, es mejor ser natural, mira Essena lo que dice, voy a dejar de vivir acomplejada porque no he nacido con cara de muñeca y medidas de Barbie, ahora sí que me gusto, me voy a comer el mundo”? ¿O más bien pensarán “ya claro, si yo tuviera tu cuerpo y tu cara también defendería la poca importancia que tienen estas cosas y lo monas que somos todas tal y como estamos”? Porque yo creo que es lo segundo.

Essena Oneill

Imagen de Instagram de Essena O´Neill

El problema está en el mensaje, pero no en el que recibimos por las redes sociales. El que hace daño es el micromensaje diario con el que aún muchas personas siguen creciendo. Esos, a menudo bienintencionados “no llores, que te lo van a notar cuando entres en clase” a los 7 años, “qué guapa se ha puesto esta niña, ha perdido unos kilitos y está preciosa” a los 12 o “si se mete con tus orejas otra vez tú llámale bizco”. Incluso los que no van dirigidos a esa persona que crece observando y aprendiendo, como “la vecina se ha puesto hecha una foca” o “me tengo que poner a dieta o si no este año no me quito la camiseta en la playa”. Cuando alguien se cría recibiendo continuos mensajes sobre la necesidad de cumplir unos cánones físicos para ser aceptado, buscará cumplirlos y se nutrirá de este tipo de contenidos en las redes.  Pero no las culpabilicemos a ellas, porque el fallo no está en que sus contenidos nos hagan de determinada forma, sino en que somos de determinada forma y por eso triunfan esos contenidos. ¿Cómo sería una sociedad en la que, sobre todo las niñas, no crecieran/hubieran crecido recibiendo constantemente ese tipo de estímulos? (Sin hablar de otros aún peores que darían para todo un blog y se saldrían del tema).

Lo único que hacen las redes es dar visibilidad a aquel que nos muestra lo que nunca seremos. Lo que, por culpa de otro micromensaje mucho más “inocente” con el que nos han machacado, queremos ser.

(Foto de portada: jura-photography)

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Esther Rosado

Llegué a los medios sociales como todos: por casualidad y sin tener ni idea. Empeñada desde siempre en saber cada día algo nuevo, llegó un momento en el que creí que estaba cerca de ser una experta. Afortunadamente seguí aprendiendo y pronto descubrí que este mundo siempre iba a ir más rápido que yo y que cualquiera, y que se trataba de asimilar el máximo posible y continuar coleccionando conocimientos. Así que aquí estoy, compartiendo lo que sé y sobre todo aprendiendo de tanta gente que sabe mucho más que yo.

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